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La Convención Nacional Demócrata 2008: Discurso Preparado para ser Pronunciado por Michelle Obama, esposa del candidato presidencial Barack Obama



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DENVER, 25 de agosto /PRNewswire-HISPANIC PR WIRE/ — El siguiente texto es la transcripción de un discurso preparado para ser pronunciado por Michelle Obama en la Convención Nacional Demócrata el lunes, 25 de agosto de 2008.

Programado para ser Pronunciado: 25 de agosto del 2008, 8:00 a 9:00 p.m. hora de las Montañas

Michelle Obama

La Convención Nacional Demócrata 2008

Lunes, 25 de agosto del 2008

Como pueden imaginar, para Barack el aspirar a la presidencia no se compara a lo que fue el primer partido de baloncesto que jugó contra mi hermano Craig. No tengo palabras para expresarles lo que significa para mí que Craig y mi madre estén aquí esta noche. Al igual que Craig, puedo sentir a mi padre mirándonos desde el cielo, del mismo modo que he sentido su presencia en cada momento llenando de gracia mi vida.

Como Craig mide seis pies seis pulgadas de estatura, a menudo he sentido que Craig también me miraba desde arriba, literalmente. Pero la verdad es que, tanto como cuando éramos niños como hoy, no me estaba menospreciando al verme hacia abajo. Me estaba cuidando. Y me ha dado su apoyo en cada paso que he dado, desde aquel día de febrero, hace 19 meses, cuando, con nuestra fe mutua y una sed para el cambio, nos unimos a mi esposo, Barack Obama, en esta meta una vez creída inalcanzable, que nos ha traído hasta este momento.

Sin embargo, cada uno de nosotros también hemos llegado esta noche hasta aquí, en nuestro propio viaje improbable. Vengo aquí esta noche como una hermana bendecida con un hermano que es mi guía, mi protector y mi amigo de toda la vida. Vengo aquí como una esposa que ama a su esposo y cree que será un presidente extraordinario. Vengo aquí como una madre cuyas hijas están muy adentro de mi corazón y las cuales son lo más importante para mí. Las tengo en mi mente al despertar y al acostarme. Su futuro y el futuro de todos nuestros niños están en juego en estas elecciones.

Ahora vengo aquí como una hija criada en el sur de Chicago por un padre que era un empleado municipal de la clase obrera y una madre ama de casa. El amor de mi madre siempre ha sido un sostén para nuestra familia y una de mis mayores alegrías es ver su integridad, su compasión y su inteligencia reflejadas en mis hijas.

Mi padre era nuestra roca. Aunque le diagnosticaron esclerosis múltiple poco después de cumplir los treinta años, era nuestro proveedor, nuestro campeón, nuestro héroe. Cuando su enfermedad avanzó, se le dificultó caminar. Poco a poco tardaba más tiempo en vestirse por la mañana. Pero si sentía dolor, nunca lo reveló. Nunca dejó de sonreír o de reír, aun cuando se le dificultaba abrocharse la camisa, aun cuando usaba dos bastones para cruzar la habitación y darle un beso a mi madre. Lo que hacía era levantarse más temprano y trabajar más duro.

Él y mi madre nos dedicaron la vida a mí y a Craig. Fue el regalo más grande que un niño puede recibir: no tener nunca, ni por un minuto, la duda de que no éramos queridos o cuidados o sin un lugar fijo en este mundo. Y gracias a su fe y a su esfuerzo, ambos pudimos ir a la universidad.

De manera que sé por mi experiencia propia y por la de ellos que el sueño americano perdura. ¿Y saben una cosa? Lo que me sorprendió cuando conocí a Barack fue que aunque tenía ese nombre curioso, aunque había crecido al otro lado del continente, en Hawái, su familia era muy parecida a la mía. Lo criaron unos abuelos que eran personas de la clase obrera, al igual que mis padres, y una madre soltera que se esforzaba por pagar sus deudas, del mismo modo que nosotros. Al igual que mi familia, hicieron lo posible para que él pudiera tener las oportunidades que ellos nunca tuvieron.

Además Barack y yo nos criamos con los mismos valores y principios: el valor del esfuerzo para lograr lo todo lo queremos en la vida; el valor de cumplir nuestra palabra y el lograr todo lo que nos proponemos; el tratar a las personas con dignidad y respeto, aun sin conocerlas y aun sin estar de acuerdo con ellos. Barack y yo nos propusimos a tener vidas guiadas por estos valores y heredarlos a la siguiente generación, porque queremos que nuestros hijos y todos los niños de esta nación, sepan que el único límite a la altura de sus logros es el alcance de sus sueños y el proponerse a luchar por ellos.

Y a medida que crecía nuestra amistad y conocía mejor a Barack, me habló del trabajo que había hecho cuando se mudó a Chicago después de la universidad. En vez de dirigirse a Wall Street, Barack se fue a trabajar en vecindarios arruinados cuando las fábricas de acero cerraron y se terminaron las oportunidades de empleo. Y lo invitaron de nuevo a hablar con personas de esos vecindarios sobre cómo reconstruir su comunidad.

Las personas que se reunieron ese día eran personas humildes, que hacían todo lo que podían para sobrevivir. Eran padres viviendo de cheque a cheque, abuelos tratando de sobrevivir con un ingreso fijo, hombres frustrados que no podían mantener a sus familias cuando sus empleos desaparecieron. Esas personas no pedían limosnas. Estaban dispuestos a trabajar. Querían contribuir a lo sociedad. Creían, como creen ustedes y yo, que América debe ser un lugar donde podemos triunfar si lo intentamos. Barack se levantó ese día y dijo unas palabras que se han quedado grabadas en mi mente desde entonces. Habló del mundo como es en realidad, la realidad del mundo y del mundo como debería de ser. Y dijo que demasiadas veces aceptamos y nos conformamos con el mundo como es, aun cuando no refleja nuestros valores o nuestras aspiraciones.

Pero nos recordó que sabemos bien cómo debe de ser nuestro mundo. Sabemos reconocer la equidad, la justicia y la oportunidad. Y nos exhortó a creer en nosotros mismos, a buscar la fortaleza en nuestro interior para luchar por el mundo como debería ser.

¿Y no es ésa la gran historia americana? Es la historia de hombres y mujeres reunidos en iglesias y salones de sindicatos, en plazas y gimnasios de escuelas secundarias, personas que se levantaron y se pusieron en marcha y arriesgaron todo lo que tenían, que se negaron a conformarse, decididos a moldear nuestro futuro según nuestros ideales.

Es gracias a su voluntad y a su determinación que esta semana celebramos dos aniversarios: el 88º aniversario de la obtención del derecho al voto para las mujeres y el 45º aniversario de ese ardiente día de verano en que el doctor King levantó nuestras cabezas y nuestros corazones con su sueño para nuestra nación.

Hoy estoy aquí, en la contracorriente de esa historia, sabiendo que mi parte del sueño americano es una bendición que ganaron con su esfuerzo los que vinieron antes que yo. Todos ellos, impulsados por la misma convicción que impulsó a mi padre a levantarse una hora más temprano todos los días para vestirse penosamente e ir a trabajar. La misma convicción que impulsa a los hombres y las mujeres que he conocido en todo este país: personas que trabajan por el día, les dan a sus hijos un beso de buenas noches, y se van a trabajar por el turno de la noche sin decepciones, sin lamentos. Ese beso de buenas noches es un símbolo de todo aquello por lo que trabajan. Las familias de militares que cada noche bendicen la mesa con un asiento vacío, hombres y mujeres militares que aman tanto a este país que dejan a sus seres queridos para ir a defenderlo. Los jóvenes que por todo Estados Unidos sirven a nuestras comunidades enseñando a los niños, limpiando los vecindarios, ocupándose de los que tienen menos entre nosotros, uno y otro día.

Personas como Hillary Clinton, que abrió 18 millones de pasos en el camino de las mujeres, para que nuestras hijas e hijos pudieran tener sueños más grandes y objetivos más ambiciosos. Personas como Joe Biden quien jamás han olvidado de dónde viene, y jamás ha dejado de luchar por quienes trabajan hora tras hora, trabajando más de un trabajo, necesitando nuevamente alguien a su lado.

Todos nosotros trabajando hacia el impulso de una simple convicción de que este mundo tal como es, no funciona. Que tenemos la obligación de luchar por ese mundo que debe ser. Que es el hilo que conecta nuestros corazones. Que es hilo que atraviesa mi lucha y la lucha de Barack, y tantos otros viajes improbables que nos han traído a donde estamos hoy, donde la corriente de la historia se une con esta nueva dosis de esperanza.

Por eso amo este país. Y en mi propia vida, en mi pequeña contribución, he tratado de contribuir a este país todas las cosas que me ha dado. Por eso dejé un trabajo en un bufete de abogados por una carrera en el servicio público, trabajando para alentar a los jóvenes a que contribuyan al mejorar sus comunidades.

Porque creo que cada uno de nosotros -sin importar nuestra edad, nuestra educación, o nuestro origen- cada uno de nosotros tenemos algo para contribuir a esta nación. Es una convicción que Barack comparte, una convicción en lo más profundo de su carrera. Es exactamente lo que hizo todos esos años en las calles de Chicago, preparando entrenamientos laborales para que la gente volviera a trabajar y programas fuera del horario escolar para que los niños tengan seguridad, trabajando día a día para ayudar a las personas a levantar a sus familias.

Es lo que hizo en el Senado de Illinois, llevando a las personas desde la asistencia social hasta un empleo, aprobando recortes impositivos para las familias obreras, y asegurando que las mujeres recibieran el mismo sueldo por el mismo trabajo. Es lo que ha hecho en el Senado de Estados Unidos, peleando para asegurar que los hombres y las mujeres que sirven a este país sean bienvenidos en casa no solo con medallas y desfiles, sino con buenos puestos de trabajo, y con beneficios y atención sanitaria, incluyendo atención a la salud mental.

Por eso se presenta como candidato: para poner fin a la guerra en Irak de manera responsable, para construir una economía que mejore a cada familia, para que el cuidado de la salud esté disponible para cada estadounidense, y para asegurar que cada niño de esta nación tenga educación del nivel internacional, desde preescolar hasta la universidad.

Eso es lo que hará Barack Obama como Presidente de los Estados Unidos de América. Logrará esos objetivos del mismo modo del que siempre lo ha hecho: uniéndonos y recordándonos cuánto tenemos en común y qué parecidos somos en realidad.

Como pueden ver, a Barack no le importa de dónde vienes, cuál es tu educación o a cuál partido perteneces, si es que hasta perteneces a alguno. El no ve el mundo así.

Él sabe que el hilo que nos conecta -nuestra convicción en la promesa de América, nuestro compromiso con el futuro de nuestros niños- es lo suficientemente fuerte como para mantenernos unidos como nación, aún si tenemos desacuerdos.

Barack fue lo suficientemente fuerte como para llevar la esperanza a esos barrios en Chicago. Fue lo suficientemente fuerte como para llevar esperanzas a esa madre que él encontró preocupada por su hijo en Irak; llevar esperanza al hombre desempleado que no podía pagar la gasolina para salir a buscar un trabajo; llevar esperanza al estudiante que trabaja de noche para pagar la atención médica de su hermana y que duerme solo unas horas por día.

Y fue lo suficientemente fuerte como para reunir a personas que salieron en una noche fría en Iowa y se convirtieron en las primeras voces en este coro por el cambio que ha mandado el eco de millones de estadounidenses de cada rincón de esta nación. Millones de americanos que saben que Barack entiende sus sueños, que Barack peleará por personas como ellos, y que Barack finalmente traerá el cambio que necesitamos.

Y, finalmente, después de todo lo que ha ocurrido durante estos últimos 19 meses, el Barack Obama que conozco hoy es el mismo hombre del que me enamoré hace 19 años. Es el mismo hombre que, hace 10 años, me llevó a casa aquel verano con nuestra bebé recién nacida, avanzando lentamente, a paso de tortuga, espiándonos con ansiedad en el espejo retrovisor, sintiendo todo el peso del futuro de la bebé en sus manos, decidido a darle todo aquello por lo que él mismo había luchado tanto, decidido a darle lo que él nunca había tenido: el abrazo contenedor del amor de un padre.

Y, cada noche, cuando arropó en su cama a esa pequeña y a su hermanita, pensó cómo algún día, serian sus familias. Y un día, ellas -y los hijos e hijas de ustedes- les contarán a sus propios hijos lo que logramos juntos durante estas elecciones. Les contarán la historia de cómo esta vez escuchamos a nuestras esperanzas, en lugar de escuchar a nuestros miedos. Cómo esta vez, decidimos dejar de dudar para comenzar a soñar.

Cómo esta vez, en este gran país, en el que una niña del sur de Chicago puede ir a la facultad y a la escuela de derecho, y el hijo de una madre soltera de Hawái puede llegar hasta la Casa Blanca, nos comprometimos a construir ese mundo que debe ser.

Por eso, esta noche, en honor de la memoria de mi padre y al futuro de mis hijas, con la gratitud hacia las personas cuyos triunfos destacamos esta semana, y aquellas cuyos sacrificios de cada día nos han traído hasta este momento, dediquémonos a finalizar su tarea. Trabajemos juntos para cumplir con sus esperanzas y mantengámonos juntos para elegir a Barack Obama como Presidente de Estados Unidos de América.

Muchas gracias. Que Dios los bendiga. Que Dios bendiga a Estados Unidos.

La Convención Nacional Demócrata 2008: Discurso Preparado para ser Pronunciado por Michelle Obama, esposa del candidato presidencial Barack Obama